¡Arriba!

¡Arriba!

Nos levantamos con todas las pilas, como cada mañana y fuimos a desayunar. Ese día nos tocaba Busch Gardens, un parque con las mejores montañas rusas, así que las chicas estaban llenas de energía y super excitadas. Bueno, no todas. Porque desde la otra punta, caminando despacio, casi arrastrando los pies, se me acercó Lara y me dijo:

—Yo no voy a ningún parque, me quedo acá.

Le pregunté qué le pasaba y le recordé que íbamos a Busch Gardens, ese parque increíble que todas tanto esperan, en el que…

Lara ni me dejó terminar —No me importa, no voy, me siento mal.

Después de 26 años, puedo tomarme el atrevimiento de decir que sé lo que les pasa a las chicas con sólo mirarlas. Con ese mal humor, lo único que tenía Lara era sueño.

—Bueno, si te sentís mal, llamamos al médico —le dije.
—Ok, llamalo.

Así que todo el grupo se fue a Busch Gardens mientras Lara, Guido y yo nos quedamos esperando al médico.

—Igual, aunque el médico diga que no tengo nada, si no quiero ir no voy —me dijo —ya tengo 15 años y puedo decidir.

El mal humor de Lara me hacía acordar cuando yo era chica y tenía que levantarme temprano para ir a la escuela. La entendía perfectamente, pero obviamente Busch Gardens no era la escuela, así que yo no podía permitir que se lo perdiera. Ya había una chica que se iba a quedar en el hotel con una de las coordinadoras porque estaba con unas líneas de fiebre, así que era fácil dejarla a ella también y listo. Pero ese no era el caso. Aunque en ese momento Lara no pudiera verlo de ese modo, yo sabía que si ella se quedaba, después de dormir un rato, y ya sin sueño, se iba a enojar con ella misma por no estar pasándola increíble con todas sus amigas.

— Justamente porque tenés 15 años, nosotros vamos a decidir lo mejor para vos. Si el médico dice que te tenés que quedar, nos quedamos. Pero si dice que estás bien, nos subimos los tres al micro que nos está esperando afuera y te vas a pasar un día increíble arriba de las montañas rusas.

Vino el médico revisó a Lara, nos dijo que estaba perfecta de salud y nos subimos los tres al micro.
El viaje duró una hora y media. Lara se sentó con los brazos cruzados, mirando por la ventana y, por supuesto, sin dirigirme la palabra. Después, se quedó dormida.
Antes de bajar le dije:

—Cuando volvamos al hotel quiero que vengas y me digas cómo la pasaste.

Vivimos un día espectacular y obviamente la vi a Lara arriba de cada montaña rusa feliz con todas sus amigas.

Cuando llegamos al hotel, las chicas se fueron a sus habitaciones a bañarse y a descansar. Yo estaba en uno de los pasillos conversando con los coordinadores cuando de pronto sentí algo de atrás que se abrojó a mi cintura y me dijo: “Gracias, gracias, gracias…”

Así como ocurre en casa, durante los 15 días de viaje hay decisiones que las chicas pueden tomar y otras que las tomamos los adultos, porque sabemos lo que es mejor para ellas. Y eso es lo que deja a las familias tranquilas, saber que hay un grupo de profesionales acompañando a cada una de las chicas para que su experiencia sea la mejor. A veces hay situaciones que tienen que ver con su seguridad, otras con el entretenimiento o con las relaciones de amigas. Pero en todos los casos, tratamos de ponernos en el lugar de los padres y hacer que las chicas estén, ante todo, bien cuidadas y contentas. Aunque para eso, en ocasiones, tengamos que contradecirlas. Porque lo más importante para nosotros es ver esas sonrisas que tan felices nos hacen a todos.

 

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